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La figura de Meyerhold emerge en un momento de fractura histórica absoluta. No es solo un director de escena; es un revolucionario que entiende que el siglo XX —el siglo de la electricidad, de las masas, de la velocidad y de la industria— no puede representarse con las herramientas del siglo XIX. Su gran proclama fue la "Teatralización del teatro". Con este concepto, Meyerhold lanzaba un guante de desafío a toda la tradición occidental: el teatro no debía pretender ser "la vida", sino que debía reclamar con orgullo su naturaleza de espectáculo, de juego y de convención. Para él, el espectador no iba al teatro a ser engañado por una ilusión de realidad, sino a participar en una construcción estética consciente.

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NOTAS DEL CAPÍTULO

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